«Un poeta se pierde en una ciudad al borde del
colapso, el poeta no tiene dinero, ni amigos, ni nadie a quien acudir. Además,
naturalmente, no tiene intención ni ganas de acudir a nadie. Durante varios
días vaga por la ciudad o por el país, sin comer o comiendo desperdicios. Ya ni
siquiera escribe o escribe con la mente, es decir delira. Todo hace indicar que
su muerte es inminente. Su desaparición, radical, la prefigura. Y sin embargo
el susodicho no muere. ¿Cómo se salva?» (341, Los
detectives salvajes).
LA SENTENCIA Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo. Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperador lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido. Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes, que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron: —¡Cayó del cielo! Wei Ch...
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