«Un poeta se pierde en una ciudad al borde del
colapso, el poeta no tiene dinero, ni amigos, ni nadie a quien acudir. Además,
naturalmente, no tiene intención ni ganas de acudir a nadie. Durante varios
días vaga por la ciudad o por el país, sin comer o comiendo desperdicios. Ya ni
siquiera escribe o escribe con la mente, es decir delira. Todo hace indicar que
su muerte es inminente. Su desaparición, radical, la prefigura. Y sin embargo
el susodicho no muere. ¿Cómo se salva?» (341, Los
detectives salvajes).
Pues, mundo halaguero, ¿qué remedio das a mi fatigosa vejez? ¿Cómo me mandas quedar en ti conociendo tus falsías, tus lazos, tus cadenas y redes, con que pescas nuestras flacas voluntades? (178). Del mundo me quejo porque en sí me crió; porque no me dando vida, no engendrara en él a Melibea; no nacida, no amara; no amando, cesara mi queja y desconsolada postrimería. ¡Oh mi compañera buena y mi hija despedazada! ¿Por qué no quisiste que estorbase tu muerte? ¿Por qué no hubiste lástima de tu querida y amada madre? ¿Por qué te mostraste tan cruel con tu viejo padre? ¿Por qué me dejaste penado? ¿Por qué me dejaste triste y solo in hac lachrymarum valle ? (179). Roja, Fernando de. (1982) La Celestina . Navarra: Salvat Editores, S. A. - Alianza Editorial, S. A.
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