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"Cabellos" - Ricardo Sumalavia

Un hombre despertó un día con la intención de pintar. Sólo se dijo eso: pintar. Nunca antes lo había hecho ni ahora sentía que se tratara de una pasión postergada. Tampoco se extrañó de esta decisión. Su curiosidad se dirigió sobre todo a lo que supondría debería pintar. Echó una mirada a su alrededor en busca de motivos y descubrió que todo le atraía. Repentinamente todo le pareció diferente, pero no supo por qué. Esto no obstante, además de proporcionarle cierto entusiasmo, no resolvía su problema. Se dijo que no podría pintar todo, que tendría necesariamente que elegir. De pronto sonó el timbre de su apartamento. Era sábado y no aguardaba a nadie. Sin más le surgió la pregunta de si debía abandonar su trabajo para dedicarse a pintar. No alcanzó a responderse porque el timbre volvió a sonar. Por la mirilla de la puerta vio que era una mujer bastante joven. Al hombre no le importó atenderla en bata de dormir ni ella pareció incómoda al verlo. Se trataba de una encuestadora. Lo que más le llamó la atención a él fue el cabello ampliamente vaporoso de la chica. Como estaban frente a frente él notó que ella parecía más grande que él, pero que sin embargo los ojos de ambos estaban a la misma altura. Aceptó responder a su cuestionario sólo por el interés de continuar viendo su cabello, pero era muy complicado porque ella lo miraba casi todo el tiempo a los ojos. Incluso parecía que ella no tuviera necesidad de mirar su tableta para marcar las repuestas que él le iba dando. ¿Ya decidió qué va a pintar? —preguntó la chica con mucha seriedad. —¿Perdón? —Que si ya decidió qué va a pintar. Él empezó a titubear. No podía creer que le hicieran esa pregunta. En realidad lo que más le incomodaba no era la pregunta, sino no tener la respuesta. —No se preocupe —dijo ella. —Tenemos la casilla “No sabe, no opina”. Y sonrió por primera vez. La chica volvió a sonreír y dijo que eso era todo. Agradeció, se despidió con gentileza y se dirigió a la puerta del vecino. Él cerró la puerta de su apartamento y fue a sentarse a la mesa. No pensaba en nada. Sólo movía el dedo sobre el mantel. Fueron pequeños círculos como si trataran de encerrar una idea, pero luego las líneas se abrieron y se extendieron como si fuera una gran cabellera. El timbre volvió a sonar. (183-184) 

Enciclopedia plástica (2016), Ricardo Sumalavia 

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